lunes, 1 de julio de 2013

Las necrópolis napatienses


A los pies de la montaña sagrada de Gebel Barkal, Tutmosis III fundó la ciudad de Napata, a la que actualmente conocemos con el nombre de Karima.
Los mayoría de los reyes nubios de este período fueron enterrados en la necrópolis de El Kurru, a unos 12 kilómetros de la montaña pura. Posiblemente el único que no descansa en El Kurru es Taharqa, que fue enterrado en una pirámide en la necrópolis real de Nuri, que sustituyó a la de El Kurru, más cerca de Napata y al otro lado del Nilo.
En la actualidad se pueden visitar dos tumbas en la necrópolis de El Kurru, cuyas pinturas se mantienen en un excelente estado de conservación, que son las del faraón Tanwetamani (Tanutamón) y la de su madre Qalhata.


Inicialmente los nubios enterraban a sus reyes en túmulos pero a mediados del siglo VIII a.C., con Pianki, se instituyó un sistema similar al egipcio con túmulos convertidos en pirámides.


La necrópolis real de Nuri la integran alrededor de sesenta pirámides, de las cuales una veintena larga corresponden a los soberanos napatienses. La mayor de ellas pertenece al faraón de la XXV dinastía, Taharqa. 

jueves, 30 de mayo de 2013

La vida en el desierto de Bayuda

La simple contemplación del desierto de Bayuda impresiona desde la distancia e impone de manera sobrecogedora cuando uno se adentra en sus dominios. Está al norte de Khartoum y constituye la parte oriental del desierto de Sáhara. Se sitúa en el gran meandro que hace el río Nilo entre la 4ª y la 6ª cataratas.  



Enfrentarse al desierto siempre es tarea delicada, incluso aunque sea momentáneamente. Pretender vivir en él es una locura, es arrastrar la existencia hasta el límite del abismo, arrimarla diariamente al borde del precipicio y hacerla que se tambalee peligrosamente. De ahí al caos absoluto hay unos milímetros. Las condiciones de vida en el desierto son extremas. Prácticamente no hay nada para llevarse a la boca, el agua es difícil de conseguir y la vegetación muy escasa. Una situación enormemente delicada. Es preciso trabajar muy duro, ser muy hábil y contar con la complicidad de los dioses para superar la hazaña de poder comer todos los días.





Para hacerlo más complicado, las pocas plantas existentes en el desierto han desarrollado sus propias defensas para protegerse y no ser comidas. O bien desprenden un olor repulsivo o bien están cubiertas de espinas. Mal asunto. Por otra parte, los pocos animales que viven en el desierto son prácticamente invisibles. Se mantienen escondidos durante el día a fin de no gastar energía y preservar así en la medida de lo posible la humedad de su cuerpo para poder sobrevivir.

Sin embargo, por increíble que parezca, en Bayuda hay gente que consigue hacer del desierto su hogar. La fórmula, dicen, es sencilla. Se trata de exprimir la nada hasta conseguir sacarle lo que no tiene.




En el interior del desierto de Bayuda tribus seminómadas se mueven en el filo de la dificultad extrema para lograr superar el reto de subsistir en medio del inmenso mar de arena. Persiguen con ahínco inimaginable la proeza de conseguir un milagro diario. Y lo curioso es que el éxito les acompaña. Se desplazan de un lado a otro con su ganado en busca de alimentos. Sólo la fe y una bien curtida experiencia les permite triunfar. Cuando encuentran una zona adecuada se instalan en toscas casas de adobe que construyen o en chozas rudimentarias hechas con varas de madera sobre las que ponen esteras, pieles de camello o cabra y telas. En ellas se guarecen para sobrellevar los rigores de una climatología tan severa como inevitable.





El gran problema del desierto es la escasez de agua. Las altas temperaturas y la ausencia de agua hacen imposible la subsistencia. Por suerte, en Bayuda la esperanza no está a mucha profundidad. Se puede encontrar el agua milagrosa unos metros por debajo de la arena ardiente. Hay algunos pozos estratégicamente repartidos. Siempre que pueden los nómadas tratan de instalarse en las proximidades, aunque en ocasiones tienen que desplazarse cada pocos días desde muchos kilómetros con sus burros para poder acceder al preciado líquido.



Se mueven por el desierto durante meses bajo un sol implacable en busca de sustento, con asnos, ovejas, cabras y camellos. La burra es el animal más codiciado. Se utiliza como montura, como bestia de carga para transportar agua y se ordeña para obtener leche.



lunes, 27 de mayo de 2013

Gebel Barkal, la montaña de los dioses


Encontrar una montaña en medio del desierto es encontrar un tesoro, un regalo de los dioses. En un territorio plano, una atalaya es por sí misma un lugar destacado, un enclave especial, una situación de privilegio, un refugio, un abrigo. La altura permite distanciarse, protegerse y divisar el entorno sin problemas. Así se puede avistar el acercamiento de potenciales enemigos y preparar la defensa con ciertas ventajas.

Cuando el ejército de Tutmosis III llegó hace 3.500 años a esta zona desértica de Sudán, en las inmediaciones de Karima, éste consideró que era el lugar ideal para construir un templo al dios imperial, al todopoderoso Amón. 


A las estratégicas condiciones naturales que reúne el lugar, hay que añadir que el perfil del impresionante pináculo aislado que sobresale a un lado de la montaña recuerda con cierta precisión al de la cobra sagrada que protege a la realeza faraónica. La montaña pasó a denominarse Gebel Barkal en árabe, que traducido significa "montaña pura" o "montaña sagrada". En las inmediaciones se construyeron diferentes templos en distintas épocas, el dedicado a Seth, el que Tutankamon fundó en honor a Amón, los construidos por Taharqa, uno de ellos dedicado a Amón y Mut y el otro a Mut, así como el construido por el rey Natakamani. Por el gran valor arqueológico que encierra, la zona fue declarada en 2003 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.



Es indiscutible que el lugar impone y la ascensión a la cima de la montaña supone inevitablemente algo especial. Uno se traslada al pasado, quiere imaginar los movimientos de los habitantes de la zona en la época y resulta fácil sentirse aturdido por la embriaguez que la contemplación de la llanura desde la cima supone para los sentidos. El panorama es sobrecogedor. Una sensación placentera de plenitud se alcanza con la perspectiva que se aprecia, especialmente al amanecer, desde lo alto de la montaña pura de los kushitas.




domingo, 5 de mayo de 2013

Un fanático confeso


Decidimos llegar un día antes que los demás a Khartoum. Queríamos que Jesús pudiese husmear entre las reliquias del Museo de Sudán. Está claro que, sin ser un gran museo en el sentido literal del término (las piezas están hacinadas, la clasificación deja mucho que desear, la luz es inadecuada y escasa, etc.), encierra valiosas antigüedades y grandes maravillas que pueden ayudar a arrojar luz sobre diferentes épocas de la historia faraónica y sudanesa. Hay que tener en cuenta que la cultura meroítica atesora todavía muchos secretos por desvelar, empezando por la escritura, y que además, dentro del recinto, se pueden visitar los templos egipcios de Buhen y Semna, en los que aparecen inscripciones con los nombres de la reina Hatshepsut (destruidos) y del faraón Tutmosis III, que fueron trasladados hasta aquí para ser salvados cuando las aguas del lago Nasser inundaron la zona, de gran interés. 
Jesús Trello tenía esperanzas de poderse encontrar en el Museo de Sudán con alguna maravilla de las muchas a las que no había podido tener acceso. Lo que de forma alguna se podía imaginar es que se pudiese encontrar con cientos de maravillas, con toneladas de maravillas, con un tesoro auténtico. Todas las piezas le parecían un descubrimiento, todas tenían interés, a todas les sacaba jugo, todas le parecían valiosísimas. 



Lo sabe mucha gente, quizás todo el mundo. Por mucha apariencia de profesor universitario de economía que quiera darse, es un secreto a voces que Jesús Trello pertenece a una secta de arqueólogos militantes que rezuman un peligroso (y posiblemente contagioso) fanatismo egiptológico imposible de ocultar. Lo cual quiere decir, traducido al cristiano, que si huele a faraones su sed se hace infinita. Se vuelve insaciable. Va a por todas. Nada más entrar en el museo, aparcó a un lado su disfraz de persona comedida y, como un poseso, se puso a fotografiar estatuas, cartuchos, sarcófagos, jeroglíficos, textos, piezas, piedras, tumbas. A diestro y siniestro. No le daba tiempo a disfrutar, estaba poseído. Piankhi, Taharqa y Apedemak se perfilaban como sospechosos del hechizo, como culpables del embrujo. Jesús deambulaba de vitrina en vitrina con la mirada perdida, las pupilas dilatadas y los ojos, gigantes, chispeando. Cerámica, huesos, collares, metopas, capiteles, frisos, bajorrelieves. Le daba igual. La fiebre de los dioses le obligaba a querer llevárselo todo, absolutamente todo. 
Pero una cosa es que no estuviese prohibido hacer fotos y otra que quisiese fotografiar todas las piezas del museo. Al final, como era previsible, el guardián le llamó la atención. Por favor. Nunca me lo hubiera imaginado pero no tuve más remedio que sobornar al vigilante para que Jesús pudiese continuar su recorrido obsesivo por todos los rincones. Hasta que por fin completó la colección y se transmutó. Con el Museo Nacional de Sudán metido en la cámara. Íntegro. Completo. Una joya. Un loco. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Un accidente afortunado


Domingo, 7 de abril de 2013. Habíamos dado un paseo por el mercado de Omdurman, la primitiva capital de Sudán, después vimos el mausoleo del libertador Al Mahdi y la casa del califa. Paramos a comer en un sitio de carretera, antes de introducirnos en el Western Desert camino de Old Dongola, donde íbamos a pasar la noche en medio de las dunas. Sin previo aviso el coche empezó a dar bandazos. En vez de amainar, se acentuaron con rapidez. Me dio el tiempo justo de sacar la cámara. Con la primera vuelta de campana me vinieron a la cabeza esas fotos conocidas y criticadas por oportunistas, en las que todos pensamos que el fotógrafo debería de preocuparse por ayudar en vez de recrearse en la desgracia que presencia. Al iniciar la segunda voltereta no pude evitar apretar el disparador. 
El cocinero tenía un corte aparatoso en el brazo. El estado de los dos norteamericanos, Vassi y Bárbara, preocupante. Dificultad para hablar, gesto amargo y expresiones cargadas de dolor. Ni moverse. Por suerte el hospital está cerca. Los demás nos quedamos allí, en medio del sol, atontados, tratando de digerir la nueva situación a la sombra de una acacia espinosa. Tensión, muchas dudas, cambio de planes, reorganización y vuelta a Khartoum. 
Cuando por la noche los vimos de nuevo, magullados pero enteros, nadie les preguntó cómo estaban. Estaban allí. Era suficiente. ¡Felicidades! 

lunes, 29 de abril de 2013

viernes, 26 de abril de 2013

El Nilo y el desierto


Viernes, 5 de Abril de 2013. El Nilo y el desierto. Dos colosos juntos, dos imponentes señas de identidad que se dan la mano en Sudán justo bajo el ala de nuestro Airbús. En el escenario, nada menos que el mayor desierto del mundo surcado por el mayor río de África. Un espectáculo único que se presenta gratuitamente ante nuestros ojos cuando el crescendo de los motores indica que empezamos a perder altura. Desde el aire, Khartoum se percibe como una ciudad extensa, desparramada, constituida mayoritariamente por viviendas de poca altura, aunque en el centro, en la zona de confluencia del Nilo blanco y el Nilo azul, entre un conjunto de viviendas coloniales, sobresalen unos cuantos edificios modernos. No tiene la ciudad desde las alturas un aspecto espectacular. Al salir del avión se mete sin previo aviso en los pulmones un penetrante olor, un aroma intenso, exagerado, a tierra recalentada, a sequedad, a suelo abrasado. Posiblemente al propio calor ambiental haya que unir el olor de la lumbre que desprenden a estas horas de la tarde las fogatas en las que al aire libre se cocina la cena. Un aterrizaje especial para despertar los sentidos.